Escena 1:
M. se hace la pedicura francesa. Se la hace él mismo, y se ha convertido en un auténtico experto. En su decoración debe obviar la uña del dedo gordo del pie izquierdo, ya que siempre la tiene oscura, coagulada, como a punto de desprenderse, debido a un antiguo atropello: un camión pasó sobre su pie, y la bota con punta de hierro no evitó el daño. M. jamás muestra en público las uñas de sus pies. Siempre calza como en el trabajo: gruesos calcetines y botas militares altas.
Su oficio es el de gasolinero. Trabaja en una estación de servicio, en un polígono industrial de una ciudad catalana. Cuando introduce la pistola de la manguera en el depósito de un coche ocupado por alguna mujer (sea cual sea su edad o parecido físico), M. imagina que está penetrando a esa mujer. Ese acto le produce una erección pétrea, con una verticalidad que con ningún otro estímulo alcanza. En algunas ocasiones se roza disimuladamente con el coche mientras mira por el retrovisor a la mujer ocupante, y eyacula con fuerza. Después retira la manguera, y observa las últimas gotas que caen de la pistola con cierto aire de culpabilidad.
En casa, lanza a un rincón los calzoncillos y los calcetines sucios, caminando descalzo todas las horas que pasa solo, con las uñas de sus pies pintadas en esmalte blanco; excepto la del pulgar izquierdo, que está coagulada, y no le gusta nada mirársela.
Interludio:
La empresa I+D norteamericana Smithson Ink. ha desarrollado un gadget de implantación neuronal que erradica las psicopatías. En los 19 ensayos clínicos realizados hasta la fecha todos los sujetos intervenidos han borrado cualquier tipo de conducta o pensamiento psicopático, sin ninguna clase de afectación secundaria en el paciente. El sujeto se convierte en un ciudadano modelo.
Parece que el artilugio sería de uso indicado para “asesinos en serie” o violadores patológicos. El debate que abre dicha aplicación es amplio y espinoso. A nivel legislativo, dado que el sistema penal en Occidente se basa en la rehabilitación del reo (y no en el cumplimiento de un castigo por el daño realizado), cabe contemplar la posibilidad de indultar a todo preso que acepte la intervención quirúrgica diseñada por Smithson Ink., y que sea idóneo para dicha intervención.
Las familias de las víctimas ya han mostrado su rechazo frontal a tal posibilidad.
Escena 2:
M. dedica su día libre a pasear por las Ramblas de Barcelona. Le gusta comprar una flor, que luego cuida en un jarrón sobre la tele. Aplaude que hayan prohibido la venta de animales en las Ramblas, y es que no era de su gusto verlos allí enjaulados. Al terminar el paseo, se acerca a la fuente de Canaletas, donde se sienta para que C. le limpie las botas. C. no tiene piernas, se desplaza montando su cuerpo en un patinete de fabricación casera. C. lleva limpiando zapatos en las Ramblas unas cuantas décadas, su cliente más fiel es M.
El gasolinero espera a que C. esté libre para que le limpie las botas, jamás deja que lo haga otro. Durante el acto de limpieza, M. siente una ligera excitación; no es un ardor tan potente como cuando pone gasolina a un coche ocupado por alguna mujer, pero tal vez le resulta, de alguna manera, un ardor más satisfactorio. ¿A qué se debe dicha excitación? No lo sabe. No logra discriminar si está motivada por el secreto que guarda tan cerca de las manos del limpiador: sus uñas pintadas según la pedicura francesa; o si, en cambio, lo que le satisface íntimamente es contemplar a un hombre sin piernas dándole lustre a sus prodigiosas botas de cuero.
Interludio:
Nadie entendía a la pequeña Noelia. Y es que la pequeña Noelia estaba muy triste, pero no por los motivos que sus familiares consideraban oportunos. Noelia era bajita para sus seis años, también algo gorda, llevaba un parche en el ojo izquierdo y unas impertinentes gafas de color fucsia. Nadie se fijaba en Noelia, y si alguien lo hacía, era para mofarse.
Asistió al juicio como testigo ocular, pero finalmente ni el fiscal hizo uso de su testimonio. Y ella terminaba las sesiones con los brazos en cruz y llorando desconsoladamente; su tía la acogía entonces en su regazo, creyendo que Noelia estaba arrebatada de tristeza al ver a sus tres hermanas explicar aquellas atrocidades sobre su padre.
Noelia observaba con íntima atención cómo Jennifer, su hermana de diez años, señalaba en una muñeca de trapo los sitios donde su padre la había acariciado, casi cada noche, desde que tenía uso de razón hasta el pasado mes; y Noelia se llenaba de un dolor implacable. Lo mismo con sus hermanas Marta y Lucía. El padre fue declarado culpable, y se le condenó a veinte años de cárcel.
A las puertas del tribunal se juntó toda la familia, para celebrar el veredicto. Pero Noelia no estaba alegre, Noelia no podía parar de llorar, moqueándose la boca y el antebrazo de su chaqueta. Entre ahogos se acertaba a entender que no quería vivir nunca más con sus tres hermanas. Su tía le buscaba consuelo, y le explicaba que su padre era un hombre malo, y que estarían mejor sin él, que vivirían con sus primos, y que todo iría bien. Nada aliviaba el drama de Noelia; y su hermana Jennifer, que la conocía mejor que nadie, acertó el motivo.
Señalándola con el brazo extendido, en un gesto de rabia y orgullo, le dijo aquello de: “Tú lo que tienes es envidia cochina”.
Escena 3:
C., el limpiabotas sin piernas, se acuesta en el centro de la cama. Tiene los auriculares puestos y sobre el vientre un lector de CD portátil. Pulsa el play. Entonces, una voz profunda y lenta inicia un recitado. La voz va señalando, poco a poco, las diferentes partes del cuerpo. “Fíjate en el dedo índice de tu mano derecha”, empieza la voz, “Tu dedo índice de la mano derecha pesa mucho, pero es blando como el algodón”, continúa.
C. escucha con atención, con los ojos cerrados. Es un CD de relajación. Pero C. no está ansioso. El motivo por el que escucha cada noche ese CD es otro distinto. La voz habla de la mano derecha, de los huesos del brazo derecho, los músculos. Después habla de la mano izquierda, de los huesos de ese otro brazo, de sus músculos.
Y después. Entonces. Llega el momento que tanto espera C. desde que pulsó el play. La voz le habla de su pie derecho. Le dice: “Ahora, siente el peso de tu pie derecho”. Y C. lo siente, nota el peso exacto de ese pie ausente. La voz recorre toda la pierna derecha. Habla de la tibia, incluso del peroné. A la vez, en la cabeza de C. se va conjurando una pierna, que coincide exactamente con la pierna descrita por el CD. Ya materializada su pierna derecha, la voz invoca la izquierda; los dedos, la rodilla, el muslo, que contiene el hueso más largo del cuerpo.
C. pulsa el stop. No le interesa el resto de grabación. Ya tiene ahí sus piernas, atadas al cuerpo otra vez. Son más reales y las siente más fuerte que cuando tenía piernas y caminaba sobre ellas. Estas piernas de cada noche, hechas carnes por obra y gracia de la voz del CD, son más perfectas, indestructibles, bellas.
Pero también son efímeras. Apenas le duran 12 minutos. Pasado ese rato, las piernas de C. se disuelven como una montaña de hormigas.
COLECTIVO JUAN DE MADRE
(extraído, robado y extorsionado de Revista Kokoro)
(extraído, robado y extorsionado de Revista Kokoro)
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