Los
preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica
una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o
poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.
De
la suerte y de la mala suerte en los comienzos
Los
escritores jóvenes que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de
envidia: “¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!”, no reflexionan que
todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte
comienzos que no se conocen.
(…) creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica,
según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo
invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero
generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los
que dicen: “Yo tengo mala suerte”, son los que todavía no han tenido suficientes
éxitos y lo ignoran.
Libertad
y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola
voluntad. Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos
falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades
vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.
De
los salarios
Por
hermosa que sea una casa es ante todo -y antes de que su belleza quede
demostrada- tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la
literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de
columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una
probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay
jóvenes que dicen: “Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto
trabajo?” Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo
hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza;
pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con
ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema,
que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores
y de todos los hombres de negocios: “¡Sólo es con los buenos sentimientos con
los que se llega a la fortuna!”
Los que dicen: “¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!” son los mismos que
más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y
rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El
hombre razonable es el que dice: “Yo creo que esto vale tanto, porque tengo
genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor
de ser de los vuestros”.
De
los métodos de composición
Hoy
por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que
hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y
que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un
tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida.
(…)
Cubrir
una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las
masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta -en espíritu-
en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se
dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y
desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se
dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda
es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de
atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.
Del
trabajo diario y de la inspiración
Una
alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los
escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo
cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los
contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el
hombre, como la digestión, como el sueño. (…) Si se consiente en vivir en una
contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la
inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y
como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya
pasó el tiempo de la mala letra.
De
la poesía
En
cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les
aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más
reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran
tarde; en compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un
editor.
(…)
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede
pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.
De
los acreedores
(…)
Que el desorden haya acompañado a veces al genio, lo único que prueba es que el
genio es terriblemente fuerte; por desgracia, para muchos jóvenes, ese título
expresaba no un accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho que Goethe haya tenido acreedores (…). No tengan acreedores
jamás; a lo sumo, hagan como si los tuvieran, que es todo lo que puedo
permitirles.
De
las queridas
Si
quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden
físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres
de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta,
porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el
alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la
actriz, porque está barnizada de literatura y habla en “argot”; en fin, porque
no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta
algo más preciosos que el amor.
(…)
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en
determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos -almas libres y
orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-,
más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla
casera o el amor.
-Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?