domingo, 8 de octubre de 2017

Los libros en mi vida

Miller tenía la creencia de que se debe leer menos y menos, y no más y más
Decía; he leído un centenar de veces más de lo que debí haber leído para mi propio bien.
Siempre hay libros auténticamente revolucionarios, o sea inspirados e inspiradores. Son pocos y muy escasos, por supuesto. Puede considerarse afortunado quien encuentre un puñado de ellos en toda su vida. Además, estos no son los libros que se dirigen al público general. Son los depósitos ocultos que alimentan a los hombres de menor talento que saben atraer al hombre de la calle. El vasto cúmulo de la literatura, en todos los dominios, está compuesto por ideas prestadas. La interrogante consiste en saber hasta qué punto sería eficaz restringir la enorme oferta de lectura barata. Pero hay una cosa de la cual no cabe duda en la actualidad: decididamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros.
Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos hoy.
En esta era, en la que se cree que todo tiene su atajo, la gran lección que debemos aprender es que el camino más difícil es a la larga el más fácil. Todo lo que está en los libros, todo lo que parece terriblemente vital e importante, no es sino un ápice de aquello que le ha dado origen y que está dentro del alcance de todos aprovechar. Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se pensó materializar. El arte de escribir se enseña en el aula y no en la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores ingenieros que escritores, mejores expertos industriales que pintores.
Considero en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nuestra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen.
Los grandes, en especial, casi siempre han sido tratados como chivos expiatorios.
En la médula de este libro hay genuina nostalgia. No es nostalgia por el pasado mismo, como puede parecer a veces, y tampoco es nostalgia por lo irrecuperable; es nostalgia por los momentos vividos con máxima plenitud. Estos momentos ocurren a veces mediante el contacto con los libros, a veces mediante el contacto con hombres y mujeres a los cuales he calificado de “libros vivos”. A veces es nostalgia por la compañía de los muchachos con los cuales he crecido y a quienes me unió uno de mis vínculos más íntimos: los libros. (Sin embargo debo confesar aquí que por brillantes y revivificantes que sean estas memorias, no son nada comparadas con el recuerdo de los días pasados en compañía de mis ídolos de carne, esos muchachos —¡todavía muchachos para mí!— a ninguno de los cuales vi jamás con un libro ni asocié con un libro ni siquiera de la manera más remota).
Para el escritor un libro es algo que debe vivirse, es una experiencia, no es un plan que se ejecute de conformidad con leyes y especificaciones. De todos modos, lo que queda de mi plan original se ha hecho tenue y complicado como una telaraña. Solamente cuando me acercaba a la terminación de este libro viene a comprender cuánto deseo y debo decir sobre ciertos autores y ciertos temas, algunos de los cuales ya he tocado.
Los amigos que nos fallan siempre son sustituidos por otros nuevos que aparecen en el momento crítico y de las esferas más inesperadas. ..
Una de las pocas recompensas que el escritor obtiene por sus tareas es la de convertir a un lector en un cálido amigo personal. Una de las raras delicias que experimenta es recibir exactamente el obsequio que esperaba de un lector desconocido. Todo escritor sincero tiene, según deduzco, centenares o quizá miles de tales amigos desconocidos entre sus lectores.

Confío en que no hace falta decir que recibiré de los lectores de este libro toda indicación de un error, omisión, falsificación o falta de juicio. Tengo perfecta noción de que este libro, porque es – sobre los libros-, llegará a muchos que nunca me han leído hasta ahora. Espero que disemine una buena palabra, no sobre este libro, sino sobre los libros que ellos aman. Nuestro mundo acércase rápidamente a su fin: está por abrirse otro mundo nuevo. Para que florezca ese mundo nuevo, tendrá que descansar tanto en los actos como en la fe. El mundo tendrá que hacerse carne. Pocos de nosotros estamos hoy en condiciones de contemplar el futuro inmediato con otra cosa que aprensión y miedo. Si de todos los libros que he leído recientemente hay uno que podría señalar por su contenido de palabras de consuelo, paz, inspiración y sublimidad, es el Mont-Saint- Michel and Chartres de Henry Adams, y en especial los capítulos relacionados con Chartres y el culto de la Virgen María. Toda referencia a la ‘Reina’ es exaltada e imponente. Permítaseme citar un pasaje —el de la página 194 — que viene a propósito: Allí está realmente ella, no como símbolo ni fantasía, sino en persona, descendiendo en sus misiones de piedad y escuchando a cada uno de nosotros, como sus milagros lo prueban, o satisfaciendo nuestras oraciones por su simple presencia, que calma nuestra excitación así como la presencia de una madre calma a su hijo. Está allí como Reina, no simplemente como intercesora, y su poder es tal que para ella las diferencias entre nosotros, los seres terrenales, no son nada. Pierre Mauclero y Philippe Hurepel y sus hombres de armas la temen, y ni el obispo mismo se siente cómodo en su presencia, pero para los campesinos y pordioseros, para la gente que sufre, este sentido de su poder y calma es mejor que la simpatía activa. La gente que sufre más allá de las fórmulas de expresión —que vive aplastada hasta ser silenciada y perder la noción del dolor— no quiere despliegues de emoción, no quiere corazones sangrantes, ni lágrimas al pie de la cruz, ni histeria ni frases. Quiere ver a Dios y saber que Él vela por los Suyos. Hay escritores, como este hombre, que nos enriquecen y hay escritores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto se está desarrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o empobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, enriquecidos y dotados por una vasta horda de individuos desconocidos, los hombres y mujeres que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma corriente, bebemos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la necesidad común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo -¡Que haya más libros!-

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