Miller
tenía la creencia de que se debe leer menos y menos, y no más y más
Decía;
he leído un centenar de veces más de lo que debí haber leído para mi propio
bien.
Siempre
hay libros auténticamente revolucionarios, o sea inspirados e inspiradores. Son
pocos y muy escasos, por supuesto. Puede considerarse afortunado quien
encuentre un puñado de ellos en toda su vida. Además, estos no son los libros
que se dirigen al público general. Son los depósitos ocultos que alimentan a
los hombres de menor talento que saben atraer al hombre de la calle. El vasto
cúmulo de la literatura, en todos los dominios, está compuesto por ideas
prestadas. La interrogante consiste en saber hasta qué punto sería eficaz
restringir la enorme oferta de lectura barata. Pero hay una cosa de la cual no cabe
duda en la actualidad: decididamente los analfabetos no son los menos
inteligentes entre nosotros.
Sea
conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la
fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el
preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de
la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los
maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos
hoy.
En
esta era, en la que se cree que todo tiene su atajo, la gran lección que
debemos aprender es que el camino más difícil es a la larga el más fácil. Todo
lo que está en los libros, todo lo que parece terriblemente vital e importante,
no es sino un ápice de aquello que le ha dado origen y que está dentro del
alcance de todos aprovechar. Nuestra teoría de la educación se basa
íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra
antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes
como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear
estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se
pensó materializar. El arte de escribir se enseña en el aula y no en la
espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que
presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los
tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores
ingenieros que escritores, mejores expertos industriales que pintores.
Considero
en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con
otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están
configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros
son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el
estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los
escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás
hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como
lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en
cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nuestra sociedad, nunca
han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen.
Los
grandes, en especial, casi siempre han sido tratados como chivos expiatorios.
En
la médula de este libro hay genuina nostalgia. No es nostalgia por el pasado
mismo, como puede parecer a veces, y tampoco es nostalgia por lo irrecuperable;
es nostalgia por los momentos vividos con máxima plenitud. Estos momentos
ocurren a veces mediante el contacto con los libros, a veces mediante el
contacto con hombres y mujeres a los cuales he calificado de “libros vivos”. A
veces es nostalgia por la compañía de los muchachos con los cuales he crecido y
a quienes me unió uno de mis vínculos más íntimos: los libros. (Sin embargo
debo confesar aquí que por brillantes y revivificantes que sean estas memorias,
no son nada comparadas con el recuerdo de los días pasados en compañía de mis
ídolos de carne, esos muchachos —¡todavía muchachos para mí!— a ninguno de los
cuales vi jamás con un libro ni asocié con un libro ni siquiera de la manera
más remota).
Para
el escritor un libro es algo que debe vivirse, es una experiencia, no es un
plan que se ejecute de conformidad con leyes y especificaciones. De todos
modos, lo que queda de mi plan original se ha hecho tenue y complicado como una
telaraña. Solamente cuando me acercaba a la terminación de este libro viene a comprender
cuánto deseo y debo decir sobre ciertos autores y ciertos temas, algunos de los
cuales ya he tocado.
Los
amigos que nos fallan siempre son sustituidos por otros nuevos que aparecen en
el momento crítico y de las esferas más inesperadas. ..
Una
de las pocas recompensas que el escritor obtiene por sus tareas es la de
convertir a un lector en un cálido amigo personal. Una de las raras delicias
que experimenta es recibir exactamente el obsequio que esperaba de un lector
desconocido. Todo escritor sincero tiene, según deduzco, centenares o quizá
miles de tales amigos desconocidos entre sus lectores.
Confío
en que no hace falta decir que recibiré de los lectores de este libro toda
indicación de un error, omisión, falsificación o falta de juicio. Tengo perfecta
noción de que este libro, porque es – sobre los libros-, llegará a muchos que
nunca me han leído hasta ahora. Espero que disemine una buena palabra, no sobre
este libro, sino sobre los libros que ellos aman. Nuestro mundo acércase
rápidamente a su fin: está por abrirse otro mundo nuevo. Para que florezca ese
mundo nuevo, tendrá que descansar tanto en los actos como en la fe. El mundo
tendrá que hacerse carne. Pocos de nosotros estamos hoy en condiciones de
contemplar el futuro inmediato con otra cosa que aprensión y miedo. Si de todos
los libros que he leído recientemente hay uno que podría señalar por su
contenido de palabras de consuelo, paz, inspiración y sublimidad, es el
Mont-Saint- Michel and Chartres de Henry Adams, y en especial los capítulos relacionados
con Chartres y el culto de la Virgen María. Toda referencia a la ‘Reina’ es
exaltada e imponente. Permítaseme citar un pasaje —el de la página 194 — que
viene a propósito: Allí está realmente ella, no como símbolo ni fantasía, sino
en persona, descendiendo en sus misiones de piedad y escuchando a cada uno de
nosotros, como sus milagros lo prueban, o satisfaciendo nuestras oraciones por
su simple presencia, que calma nuestra excitación así como la presencia de una
madre calma a su hijo. Está allí como Reina, no simplemente como intercesora, y
su poder es tal que para ella las diferencias entre nosotros, los seres
terrenales, no son nada. Pierre Mauclero y Philippe Hurepel y sus hombres de
armas la temen, y ni el obispo mismo se siente cómodo en su presencia, pero
para los campesinos y pordioseros, para la gente que sufre, este sentido de su
poder y calma es mejor que la simpatía activa. La gente que sufre más allá de
las fórmulas de expresión —que vive aplastada hasta ser silenciada y perder la
noción del dolor— no quiere despliegues de emoción, no quiere corazones
sangrantes, ni lágrimas al pie de la cruz, ni histeria ni frases. Quiere ver a
Dios y saber que Él vela por los Suyos. Hay escritores, como este hombre, que
nos enriquecen y hay escritores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto
se está desarrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o
empobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los
que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, enriquecidos y
dotados por una vasta horda de individuos desconocidos, los hombres y mujeres
que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en
nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado
jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma
corriente, bebemos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con
que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la necesidad
común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de
la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo -¡Que haya más
libros!-
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