lunes, 20 de junio de 2016

Noche de perros

Ahí estaba yo como siempre, vagando por las calles de Caracas después de la media noche, sintiendo el frio y la soledad que tanto nombran los poemas, pero así soy, del tipo de personas que disfruta de la soledad, y en las noches de insomnio en que ningún autor logra atarme decido caminar, para pensar, divagar, filosofar, disertar.

Recuerdo que estaba pensando en la vida después de la muerte, las ideas de los sabios de Grecia me acompañaron, pero había algo que no entendía bien, pensaba en los fantasmas e ideas tontas como esas, caminé interrogándome durante varias horas, y de repente escuche un llanto de ultratumba de esos que ponen la piel de gallina, me asusté enormemente (cosa que no pasa con facilidad) y volteé a todos lados buscando de dónde provenía tal alarido, al final vi bajo mi pie y allí estaba, el engendro más horrible que mis ojos hayan visto, un perro, pero que perro, era un puto perro del infierno, sin un pelo en su carne, tiritando de frio y para colmo con un pata rota (la que yo acababa de pisarle). Tardé un par de segundos en fijarme bien que era un perro, y que tenía sarna en todo su miserable cuerpo, me apené por él, por las condiciones en que vivía, la miseria, la basura, la enfermedad y falta de alimento, y como si no fuera suficiente, yo le partí una pata.
Coño, me sentí más malo que Hitler, tragué grueso mientras pensaba como podía ayudarle, no podía dejarle allí, seguramente moriría y no podía permitir eso, aun no sabía que pasaba después de la muerte. Lo llevare conmigo- me dije-, y lo llamé para que me siguiera, no respondía, tenía miedo, frio, estaba débil y yo le había roto una pata. Intenté buscar algo para usarlo como collar pero nada, escarbé entre las bolsas de basura que le servían como cama, nada encontré, solo llenarme las manos de porquería. No sabía qué hacer, estaba consternado, volví a tragar grueso, no podía dejarlo morir, no quería dejarlo morir, que fútil me sentí, joder, joder, joder… 
La tensión en mi comenzó a aumentar y al igual que siempre que empiezo a sentir stress tomé una decisión sin pensar en sus consecuencias. Lo cargué, lo tomé entre mis brazos sin mucho esfuerzo y lo llevé a mi casa, él estaba débil pero consciente, si las miradas hablaran la de ese perro estaría agradeciéndome; luego de que lo llevé a la casa busqué las sabanas más desgastadas que tenía y junto a una almohada mohosa le hice una “cama”, le preparé leche y para mí un té, esperé a que la terminara y lo arropé, esa noche (o las cuatro horas que quedaban para que amaneciera) dormí en el sofá frente a él, para vigilarle y hacerle compañía.
Cuando desperté estaba ahí tumbado, lastimero pero agradecido, la luz del día me hacía apreciar que era mucho más horrible de lo que había percatado, pero tenía un deber moral, y no dejaría que la muerte me ganara esta. Acto seguido me levanté, supuse que tendría hambre, desayunarás como un rey- le dije-, en la nevera había media pizza de la tarde anterior, la calenté y la mayoría se la di, no estaba muy seguro si le gustaría pero supuse que era mejor que lo que encontraba a diario en un basurero; lo comió todo tan rápidamente que me sorprendí, movía su cola de alegría, su horrible cola huesuda y sin ningún encanto, pero aun así me encantaba, me reconfortaba, sin embargo no se ponía de pie, y su pata aun rota, rota, rota. Como vi que tenía más energías lo llevé a la ducha, después intenté secarlo pero no hubo necesidad (no tenía ni un triste pelo), ya que estaba limpio me dispuse a entablillarle le pata muy rudimentariamente para poder llevarlo al veterinario, me gruñó, temí que me mordiera y le dije, es por tu bien, se tranquilizó, ¿me entendió?…
Era la una de la tarde y el perro ya caminaba, cojeando, pero caminaba, mejor, podía llevarlo al vet sin tener que cargarlo, igual el perro se veía muy muy enfermo. Media hora más tarde ya íbamos saliendo rumbo al veterinario, para poder conducir al animal use unas viejas corbatas como collar, en la calle todos me veían de la peor manera, a mí y al pobre perro, al pobre perro sarnoso, puta gente superficial, como si los desahuciados no tuvieran el derecho a seguir luchando por vivir. Llegamos al recinto, por la hora no había casi nadie esperando, una linda muchacha era la secretaria, motivo de visita- me pregunto-, una emergencia- le dije-, cuando vio la pata del animal entendió, raza- siguió preguntando-, no lo sabía, sin pelo todos los perros me parecen iguales, así siguieron unas cuantas preguntas más y esperé unos breves minutos hasta que alguien viniese a por él, un sujeto de lo más ridículo lo recogió, vestido como para recoger desechos radiactivos, cosa que me molestó demasiado, bastardo-murmuré-, ¿perdón?-preguntó el cretino-, pero simplemente me limité a verle de una manera despectiva, también vi cómo se llevaba al animal, nuevamente su mirada hablaba, se despedía de mí, la muerte me la iba a ganar.
Esperé un par de horas, me dormí en los asientos, cuando desperté se había plagado el lugar de insípidas ancianas con perros finos, volvió el veterinario imbécil, tuve que…-trato de decir-, murió ya lo sé- dije- mientras le interrumpía y sacaba la cartera para pagar el “trabajo”, no es nada-me dijo-, bien, ¿Qué tenía?-pregunté-, de todo en realidad-respondió-, le mire con desprecio una vez más y me fui, detesto no haber pedido su cuerpo para hacer taxidermia, en fin, la muerte me ganó y eso es todo.
Hoy, antes de documentar este bizarro recuerdo estuve pensando una vez más en la vida después de la muerte, lo hice hasta que me dio migraña, y como conclusión tomé una respuesta mucho más sentimental y menos esotérica, la vida después de la muerte yace en ser recordado, uno es sus acciones, y las acciones son las que trascienden, mientras alguien sea recordado, no habrá muerto del todo, como para mí no ha muerto aun ese horrible perro, porque me enseñó que la belleza no se halla en el físico, que no podré ganarle nunca a la muerte y sobre todo, lo más importante de todo, NUNCA, POR NADA DEL MUNDO, SE DEBE TOMAR A UN ANIMAL QUE TIENE SARNA SIN NINGUN TIPO DE PROTECCION, eso nunca lo olvidaré, o por lo menos no mientras tenga que seguir luchando con esta ESCABIOSIS.

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