lunes, 20 de junio de 2016

Plañendo mi identidad

Pero así era antes de la vida, así es la vida y así será después de la vida.

Y sigo solo, una oscuridad absoluta me consume dentro de este encierro. Joyas finas hoy acompañan mi cuerpo, un maquillaje trata de borrar mi historia, de disimular mis anécdotas, también uso el lujoso traje, ese  mismo que usé solo en mi matrimonio, el que tiene un fétido olor que hoy me perfuma, pero en algunos días ya no apreciaré.
Hace un par de horas muchos lloraban, ahora cada uno seguirá su vida, todos, todos menos yo. De mí se olvidarán y raras veces me adornarán con flores, sé que mi monolito será devorado por la salvaje vegetación que crecerá sin cesar gracias a la falta de mantenimiento.
Todo es nada, después de ellos, ellos los hijos de esas diminutas negruras aladas, las amantes de lo indeseable, las visitantes de lo prohibido; de tal palo, tal astilla. Su maldito legado vendrá por mío, la único que aunque no poseo me pertenece, y me pertenece desde que nací. Me duele demasiado hoy perderlo, después de tantos cuidados que le di, después de tantas batallas que peleamos juntos, tantas decepciones que sufrimos, pero siempre pudimos superarlo, por eso no acepto perder el testigo material de todas mis memorias.
La gula los domina y yo tendré que apreciar el acto completo de esta abominable transfiguración; esta abyección no la merezco, ver como escrutan minuciosamente mi posesión, y se reduce a una insignificante excrecencia de lo que solía ser, lo que hoy diviso no es más que una oda a lo kafkiano, escenas grotescas más allá de la imaginación de un Poe o un Bulwer.
Soy fútil, violentado, el desalojo es inminente, ello ya dominan todo lo mío, ellos lo que viven de la muerte.
 Mi cólera recae sobre esta manada de madera, este, mi nuevo hogar, cándido y diabólico, que alberga a los ya difuntos hambrientos y detestables inquilinos que días atrás se dieron un festín con mi posesión mas preciada.
 Es irónico pensar que “dios” duro siete días para crear algo así y ellos en solo pocas horas lo reducen a nada menos que simples estructuras óseas. Pero sigo aquí, recordando lo que solían ser esos harapos de  calcio.
Aunque mi situación la comparten tantos otros vecinos de la cercanía y desde ahora hasta la eternidad contaré con su compañía, sigo sintiendo esa soledad abrumadora, ese sentimiento de que algo se fue para no volver.
Una eternidad de insomnio y lóbrego silencio es lo que me aguarda; eso del descanso eterno es solo metáfora, porque para mí, habitante de lo inmaterial, los segundos no transcurren, estoy en la nada y en el nunca por siempre y para siempre. 

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