Una triste nube gris
Ella llora sobre mí
Soy el causante de su tristeza
Mira hacia las infinidades del cielo, magnifico como siempre, con el astro rey ejerciendo su poder en absoluto, una imagen celestial literal y metafóricamente, pero, como todo en la vida, un detalle que causa ruido, destruye la perfección, y corrompe la excelente yuxtaposición de cúmulos en el cielo; un desubicado nimbus, un maldito nimbus, un horrendo y miserable nimbus, ¿Quién habría pensado ver un nimbus en verano?
Recuerdo que en mi niñez escuche decir a alguien que cada estrella del cielo pertenecía a alguien en la tierra, siempre busqué la mía, pero eran tantas que me cansaba de buscar y nada encontraba, busqué por años pero nada encontré, hasta que “maduré” y dejé de creer en “tonterías”.
Me viene a la mente la imagen del océano, su azul se aleja hasta el final, se refleja en el azul del cielo, el cielo refleja al agua y el agua al cielo. Hoy encuentro ese reflejo. Este cielo lleno de nubes radiantes refleja el mismísimo lugar donde me encuentro, lleno de personas radiantes; supongo que aparte de las estrellas, cada persona posee una nube personal. Pero, ¿Qué es eso?, un insípido color grisáceo perturba la alegre imagen, no en el cielo, donde estoy, ese grisáceo soy yo, así como todos tienen su nube y estrella yo tengo las mías, la estrella nunca la encontraré, pero la nube hoy me encontró a mí, se realizó para que me vea en ella, un perfecto grisáceo, deprimente, terrorífico, que perturba los cúmulos, que viaja en solitario por una época a la que no pertenece; gris y solitario, esperando para llover sobre alguien, para dar vida, aliento e hidratación, o para azotar con las amargas y gélidas gotas que acaben con cualquier exánime existencia.
Así soy, solitario, grisáceo. Eso soy, un nimbus.
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